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Essais
Angela García

Texte de

Angela García

Écrivaine colombienne. Texte écrit pour l'exposition à la Fundación Arte Vivo, Manizales.

2000s · Fundación Arte Vivo, Manizales

Vértigo y Quietud

Habíamos visto en los cuadros de Mario Londoño, el vuelo de las manos tan milagroso como el de las aves, la inmovilidad de la luna tan incisiva como la movilidad de las flechas o del fuego; la terrible belleza del cielo conteniendo vértigo y quietud.

Aparecen ahora en estos cuadros la noche, otras maneras de la quietud, otras imágenes del movimiento y la insistencia en los grandes espacios. La finura del trazo luminoso de la montaña nos habla de remotud, rasgo de luna que patentiza lo inmenso con la sugerencia de la distancia. Proximidad y lejanía amparadas en el airecillo del sueño. En los primeros planos los ademanes precisos sin desmedro de cautela contrastando con difusos rostros.

Estos cuadros ejercen mayor agitación en tanto más inmóviles o fijos, más reveladores en cuanto más imprecisas las escenas, más entrañables en cuanto más escapan de la fácil coherencia. El estandarte es una puerta, el asta una incisión en el firmamento azuzando la maestría del viento. Quietud y movimiento, menos contextualizado el paso del tigre, más hierático.

Vacío en este discurrir del silencio. Como que los hombres y las mujeres desprendidos del azar, se resignan a la captura del ojo que testimonia el frío y el magnetismo de la noche cuya espesura permea a los presentes. Fantasmagoría, sensación de que cada imagen puede desaparecer en la segunda mirada, salvo la noche, el silencio y la soledad.

¿Y de dónde sale la luz de los planos inmediatos? ¿Sale del pincel o de la presencia del que se detiene enfrente, sumando el propio silencio al del cuadro? Son tan pocos elementos, hay tal despoblamiento, como si se quisiera evidenciar ausencias... y sin embargo en esa desnudez otra luz, vista ya en trabajos anteriores: un hombre con los pies en el hilo que atraviesa el vacío es un paisaje desnudo. Un fragmento de ala en la inmensidad azul mientras el fuego consume la casa es un cuadro cuyo terror no encubre ni la sutileza de las plumas. No se disimula la catástrofe con la serena contingencia de los escasos elementos activos. Un caballo y un jinete, detenidos en el aire o en el desierto develan la inminencia del vértigo. Lo escueto nos golpea y nos reta a constreñir la algarabía de imágenes. Pero otro tipo de familiaridad continúa una trayectoria literaria, nos hace platicar con aromas y personajes reconocidos: el caballo, la niña que fuma, el tigre.

El onirismo resulta del relampagueo de las escenas próximas, pero también del vaivén de apropiación y desapropiación por parte del pintor que deviene inocencia, como diría Marcel Schwob "entre el terror y la piedad". Ese no entender por qué a través suyo aparecen estas cosas en la tela. Sensación de que el cuadro terminado entrega la sorpresa al pintor y lo instala en su yo espectador; he aquí el donde la ubicuidad: pertenecer al sueño siendo él nuestra posesión ajena.

Y una tensión se obstina muy a pesar de los espacios sin límites. Todo es denso: la sustancia lumínica de la mirada, la intimidad de la noche, el peligro, la soledad, el sello de la infancia.