Palabras del escritor y poeta colombiano Juan Manuel Roca

Los trabajos recientes de Mario Londoño, mas que desligados, distanciados en buena forma de la sintaxis surrealista que lo ha acompañado en su camino - esa unión del paraguas y la maquina de coser en la mesa de disección lautremontiana – crean ahora un todo donde la materia y las zonas de color, al aumentar las dimensiones de sus formatos, se hace mas pictórica. color y pinceladas que atrapan esos territorios anfibios en su obra, se apropian de un espacio donde la abstracción acompaña a la figura en un diálogo asordinado, en unos sueños que hacen la yunta de los objetos vistos y las miradas visitadas.

Vértigo y Quietud, por Angela García para la exposición en la Fundación Arte Vivo Manizales.

Habíamos visto en los cuadros de Mario Londoño, el vuelo de las manos tan milagroso como el de las aves, la inmovilidad de la luna tan incisiva como la movilidad de las flechas o del fuego; la terrible belleza del cielo conteniendo vértigo y quietud.

Aparecen ahora en estos cuadros la noche, otras maneras de la quietud, otras imágenes del movimiento y la insistencia en los grandes espacios. La finura del trazo luminoso de la montaña nos habla de remotud, rasgo de luna que patentiza lo inmenso con la sugerencia de la distancia. Proximidad y lejanía amparadas en el airecillo del sueño. En los primeros planos los ademanes precisos sin desmedro de cautela contrastando con difusos rostros.

Estos cuadros ejercen mayor agitación en tanto más inmóviles o fijos, más reveladores en cuanto más imprecisas las escenas, más entrañables en cuanto más escapan de la fácil coherencia. El estandarte es una puerta, el asta una incisión en el firmamento azuzando la maestría del viento. Quietud y movimiento, menos contextualizado el paso del tigre, más hierático.

Vacío en este discurrir del silencio. Como que los hombres y las mujeres desprendidos del azar, se resignan a la captura del ojo que testimonia el frío y el magnetismo de la noche cuya espesura permea a los presentes. Fantasmagoría, sensación de que cada imagen puede desaparecer en la segunda mirada, salvo la noche, el silencio y la soledad.

¿y de dónde sale la luz de los planos inmediatos? ¿sale del pincel o de la presencia del que se detiene enfrente, sumando el propio silencio al del cuadro? Son tan pocos elementos, hay tal despoblamiento, como si se quisiera evidenciar ausencias ...y sin embargo en esa desnudez otra luz, vista ya en trabajos anteriores: un hombre con los pies en el hilo que atraviesa el vacío es un paisaje desnudo. Un fragmento de ala en la inmensidad azul mientras el fuego consume la casa es un cuadro cuyo terror no encubre ni la sutileza de las plumas. No se disimula la catástrofe con la serena contingencia de los escasos elementos activos. Un caballo y un jinete, detenidos en el aire o en el desierto develan la inminencia del vértigo. Lo escueto nos golpea y nos reta a constreñir la algarabía de imágenes. Pero otro tipo de familiaridad continúa una trayectoria literaria, nos hace platicar con aromas y personajes reconocidos: el caballo, la niña que fuma, el tigre.

El onirismo resulta del relampagueo de las escenas próximas, pero también del vaivén de apropiación y desapropiación por parte del pintor que deviene inocencia, como diría Marcel Schwob "entre el terror y la piedad" . Ese no entender por qué a través suyo aparecen estas cosas en la tela. Sensación de que el cuadro terminado entrega la sorpresa al pintor y lo instala en su yo espectador; he aquí el donde la ubicuidad: pertenecer al sueño siendo él nuestra posesión ajena.

y una tensión se obstina muy a pesar de los espacios sin límites. Todo es denso: la sustancia lumínica de la mirada, la intimidad de la noche, el peligro, la soledad, el sello de la infancia.

Palabras del escritor colombiano Fabián Castaño para la exposición 'Umbral del Sueño, Umbral del Mundo'

Desde el principio ha existido un acuerdo tácito entre el silencio y el color, acuerdo que le ha permitido al artista dejar constancia de ese bullir de instancias que rodean todo cuanto hacemos. Si la pintura tiene alguna validez es cuando intenta desgarrar ese silencio para adentrarse en una composición que pretenda revelarnos el universo. Y cuando digo universo, no me refiero a esa totalidad que se desplaza a través de las estrellas. Pienso en ese mundo cerrado y único que existe en cada uno de nosotros. Pues alrededor de cada individualidad existen lejanas constelaciones, soles, estrellas que nacen y mueren, cometas errantes, noches y días, eclipses, atmósferas, celajes. Lo importante del pintor es cuando logra enhebrar un diálogo entre sus silencios y el color. Cuando hace estallar su universo para ir dejando salpicados sus bastidores con el producto de esa explosión. De tal manera que sus cuadros sean manchas, se conviertan en el testimonio inconfundible de su individualidad.

Los cuadros de Mario Londoño son un homenaje deliberado a ese silencio que se transforma hasta convertirse en una sinfonía del color. Sus atmósferas se van unificando alrededor del misterio soterrado y totalizante que se asemeja a esa pregunta que siempre queda por responder. Es el elemento insoluble que nos presenta la existencia y que debe ser el propósito de todo arte que aspire a ser parte de la gran tradición.

Sabemos que ya la pintura no necesita representar y que al perder la tridimensionalidad y el fondo ha quedado suspendida, como un ojo que en vez de nosotros observar, él despiadadamente nos mira; inclusive, podemos afirmar que Mario Londoño trabaja sobre una línea devastadoramente actual. Si tomamos la célebre fórmula de Paul Klee de definir la pintura como la tentativa de hacer visibles aquellas fuerzas que todavía no lo son, comprendemos las virtudes pictóricas de un hombre como Mario Londoño. Su pintura, constituida a partir de un diálogo con todas las corrientes que han nutrido el quehacer artístico, se eleva sobre sí misma, para recobrar ese monólogo propio de un hombre que sólo habla a través de los signos que él mismo produce.

Y lo importante de Mario Londoño es que ha logrado definir su propio campo estético. Por allí pasa el surrealismo, la figuración, lo abstracto, como una señal de que lo fundamental del artista es aprender a conversar con su tradición. La plenitud – decía Artaud - es la concordancia entre nuestras visiones y la manera como las cristalizamos. Y Mario Londoño es un artista que a fuerza de trabajo, intuición y disciplina ha logrado dejar en sus lienzos instantes valiosos, ha colocado una parte importante de su huella luminosa. Y sólo allí, para alegría nuestra, es donde el pintor que existe en Mario Londoño ha encontrado su presencia, su estatura, la nostalgia, el desgarramiento; donde ha intentado dilucidar ese enigmático, pero alucinante placer que significa vivir bajo la forma de un ser humano.

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